- La cita anual de The Cocktail, en el marco del Festival de las Ideas, reunió a Vijay Prashad, Elena Postigo, Thomas Fuchs y Aaron Balick en torno a tres conversaciones sobre la materialidad de la IA, sus efectos sobre el cuerpo y los vínculos que establecemos con sistemas conversacionales
Madrid – La inteligencia artificial ya no solo transforma lo que hacemos, sino también cómo habitamos, entendemos y nos relacionamos con el mundo. Bajo el concepto “El cuerpo y la IA”, Beyond 26, el encuentro anual de The Cocktail en el marco del Festival de las Ideas, reunió a pensadores, investigadores y profesionales de distintas disciplinas para analizar el papel del cuerpo en esta nueva etapa tecnológica.
Mientras la IA generativa automatiza tareas vinculadas al lenguaje, la creatividad y la producción simbólica, el cuerpo sigue siendo el espacio de experiencias que la tecnología no puede reproducir por completo, como el cansancio, la vulnerabilidad, el deseo o la capacidad de asumir consecuencias. Sin embargo, al mismo tiempo, nunca había estado tan medido, monitorizado y gestionado por la tecnología. A partir de esta tensión, Beyond 26 articuló tres conversaciones en torno a tres escalas, el planeta, el organismo y el vínculo.
El rostro físico de la inteligencia artificial
La primera conversación puso el foco en la dimensión material de una tecnología que seguimos imaginando como inmaterial. El historiador Vijay Prashad, en diálogo con Lucía Ortiz de Zárate, investigadora en ética de la inteligencia artificial, cuestionó la metáfora de la “nube” señalando que, lejos de ser abstracta, requiere una densa infraestructura física de centros de datos, electricidad, recursos hídricos, extracción mineral como el litio y trabajo humano. Es más, según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron unos 415 TWh de electricidad en 2024 y podrían alcanzar los 945 TWh en 2030, impulsados en buena medida por el crecimiento de la IA.
Frente a las narrativas más alarmantes sobre el futuro de la tecnología, que, en su opinión, pueden desviar la atención de cuestiones como la concentración de capital y la desigualdad, Prashad situó esa materialidad en un mapa geopolítico: “la IA tiene raza y nacionalidad”, afirmó, describiendo la nube como un sistema desigual que “absorbe agua de unas partes del mundo y llueve en otras”, transfiriendo recursos del Sur Global hacia el Norte.
Asimismo, Prashad llevó el análisis al sentido del trabajo y la automatización. Planteó que el debate no debe centrarse en si la IA destruirá empleo, sino en si la tecnología servirá para emancipar a la humanidad y otorgarle tiempo de ocio, o para intensificar la subordinación, cuestionando para qué se automatiza y a quién beneficia realmente el tiempo y el capital ahorrados.
La IA sobre el cuerpo: optimizar no es mejorar
La segunda conversación se centró en la relación entre tecnología y cuerpo. “La IA ya mide, vigila, diagnostica, aumenta, atrofia y cada vez más decide sobre nosotros sin tocarnos”, planteó Alberto Barreiro, encargado de conducir el diálogo con la filósofa y doctora en Bioética Elena Postigo. El punto de partida fue qué ocurre cuando una tecnología con un potencial prácticamente ilimitado entra en relación con un cuerpo biológico, finito y vulnerable.
En este contexto, Postigo señaló que la IA no actúa de forma aislada, sino en combinación con tecnologías como la nanotecnología, la robótica, la neurotecnología o la edición genética. Aunque puso en valor sus aplicaciones clínicas, también advirtió de los dilemas éticos que surgen cuando estos sistemas adquieren un papel determinante en decisiones sobre las personas.
Así se introduce el concepto de rendición cognitiva; es decir, la tendencia a delegar cada vez más capacidades y decisiones en la tecnología hasta sentir que se pierde autonomía. Una reflexión que llevó a una de las ideas centrales de la sesión: mejorar no equivale necesariamente a rendir más ni a optimizarse. Para Postigo, la mejora humana pasa por desarrollar plenamente las distintas dimensiones de la persona, y no solo aquellas que pueden medirse. Barreiro resumió este debate con una pregunta: “cuando un algoritmo interviene sobre tu diagnóstico, sobre tu prima de seguro, sobre tu rendimiento o sobre tu ritmo de trabajo, ¿está mejorando tu cuerpo o lo está administrando para un tercero?”.
La cuestión de la autonomía dio paso finalmente a la del cuidado. Al abordar el uso de robots de acompañamiento para personas mayores, ambos destacaron los límites de la tecnología para sustituir la presencia humana, el contacto y la empatía. Para Postigo, la vulnerabilidad y la interdependencia son elementos fundamentales de la ética: “allí donde existe humanidad existe vulnerabilidad y, con ella, responsabilidad.”, afirmó la experta.
El cuerpo ante la IA: entender exige un cuerpo
La tercera conversación, protagonizada por el psiquiatra y filósofo Thomas Fuchs y el psicoterapeuta Aaron Balick, con la periodista Carmen Pérez-Lanzac como moderadora, llevó el debate a un terreno más íntimo y abordó cómo cambia nuestra relación con los demás cuando interactuamos con sistemas que responden como si fueran sujetos.
Fuchs introdujo el concepto de animismo digital, la tendencia a atribuir subjetividad a sistemas que responden en primera persona y utilizan una voz humana. “Están programados para responder en primera persona, y no hay ningún yo ahí”, señaló. Para distinguir entre responder y comprender, recurrió al experimento de la habitación china de John Searle, que plantea que un sistema puede generar respuestas correctas sin comprender realmente su significado. Para Fuchs, comprender requiere una vida, una situación y una historia.
Esta cuestión abrió el debate sobre sus efectos. Balick señaló que la satisfacción del usuario puede llegar a primar sobre la honestidad. “Es amable por fuera, pero su corazón es código”, resumió. Ambos abordaron también el riesgo de atrofia cognitiva y la posibilidad de que los niños crezcan atribuyendo rasgos humanos a estos sistemas.
La conversación terminó con una reflexión sobre el malentendido como parte esencial de las relaciones humanas. Los desencuentros nos obligan a explicar, escuchar y reparar el vínculo, mientras que un sistema diseñado para adaptarse constantemente a nosotros elimina buena parte de esa fricción. De ahí la advertencia final sobre el riesgo de acostumbrarnos a ser comprendidos siempre y perder tolerancia ante aquello que forma parte de cualquier relación humana: que el otro no nos comprenda del todo.
Lo que no se delega
Las tres conversaciones terminaron conectando en torno a una misma cuestión, los límites de delegar en la tecnología decisiones que afectan directamente a las personas. Barreiro formuló la pregunta que atraviesa el encuentro sobre si puede existir responsabilidad sin vulnerabilidad. Un sistema puede intervenir en un diagnóstico, en un crédito o en una decisión, pero no queda expuesto a las consecuencias de lo que hace. “Toda decisión sobre la IA es una decisión sobre cuerpos. Y la responsabilidad de esa decisión no se puede delegar en algo que no puede sentir lo que es perder”.


