Durante décadas, los pósters de cine contaron una historia muy clara: mujeres en segundo plano, miradas asustadas y cuerpos protegidos por un héroe masculino. Ejemplos clásicos sobran: en King Kong (1933), Ann Darrow aparece diminuta y vulnerable frente al peligro; en Psicosis (1960), Janet Leigh protagoniza un póster que enfatiza el suspenso y su fragilidad; y en la trilogía original de Star Wars (1977), la Princesa Leia suele aparecer en los afiches iniciales como acompañante visual de Luke y Han, más que como eje del conflicto.
Con el paso del tiempo —y de los cambios sociales— esa narrativa empezó a transformarse. A finales del siglo XX ya se intuía el quiebre con figuras como Ellen Ripley en Alien (1979), pero es en el siglo XXI cuando el giro se vuelve evidente en la gráfica promocional. Pósters como los de Kill Bill (2003), con Uma Thurman ocupando el centro absoluto, o Los juegos del hambre (2012), donde Katniss Everdeen se muestra como líder y símbolo de rebelión, marcan un antes y un después.
Hoy, los afiches celebran abiertamente a mujeres como protagonistas y motor de la historia. Wonder Woman (2017) presenta a Diana de frente, en postura de combate; Mad Max: Fury Road (2015) coloca a Imperator Furiosa casi al mismo nivel —o incluso por encima— del héroe masculino; y Capitana Marvel (2019) apuesta por una heroína que no necesita ser rescatada ni validada. El cambio en los pósters no es solo visual: es el reflejo de una industria que empieza a entender que las mujeres ya no son el adorno del relato, sino el centro de la acción y el conflicto.
Tomilli
