La historia del bolígrafo es una prueba clara de que las grandes ideas suelen esconderse en lo cotidiano. Aunque hoy lo usamos sin pensarlo, este objeto indispensable solo nos acompaña desde los años 40 del siglo XX. Su funcionamiento es simple; una pequeña bola que regula el paso de la tinta, pero llegar a esa solución tomó décadas de observación, ensayo y error. Como muchos inventos clave, nació de mirar con atención lo que otros pasaban por alto.
El nombre más asociado a su invención es el del periodista húngaro Ladislao José Bíró, quien, cansado de las plumas que se atascaban y manchaban (especialmente incómodas para él como zurdo), buscó una alternativa más práctica. La inspiración llegó al observar cómo una pelota dejaba una línea continua al pasar por un charco. Aunque antes, en 1888, John Loud ya había experimentado con un sistema similar, fue Bíró quien logró perfeccionarlo, patentarlo y hacerlo funcional para el uso diario.
Exiliado durante la Segunda Guerra Mundial, Bíró se estableció en Argentina, donde junto a su hermano lanzó la “Birome”, base del bolígrafo moderno. Más tarde, empresas como BIC lo popularizaron a escala global, convirtiéndolo en un objeto universal porque lo supo comercializar. El mensaje detrás de su historia es potente y vigente; observar el mundo con curiosidad puede ser el primer paso para transformar una molestia diaria en una idea que cambie la forma en que escribimos nuestra historia.
Redacción: Gabriela Carmona Rivera
Tomilli



