El Post-it es hoy un objeto imprescindible en millones de escritorios, pero su origen está lejos de una innovación planificada. Nació en 1968 dentro de 3M, una empresa estadounidense de tecnología, ciencia aplicada y manufactura industrial, especializada en materiales, adhesivos y soluciones para múltiples industrias. Allí, el científico Spencer Silver intentaba desarrollar el adhesivo más fuerte posible y obtuvo exactamente lo contrario: un pegamento débil, reutilizable y aparentemente inútil.
Durante años, este material fue descartado por no encajar en ninguna estrategia clara. Sin embargo, Art Fry, otro investigador de 3M, encontró en ese “error” una solución práctica a un problema cotidiano: los separadores de su libro de himnos se caían constantemente. Al aplicar el adhesivo a un pequeño papel, descubrió que funcionaba como un marcador removible perfecto. Sin briefing, sin pitch y sin un plan comercial definido, el invento comenzó a circular de manera informal dentro de la empresa.
Incluso su icónico color amarillo fue producto del azar: era el papel de descarte disponible en un laboratorio vecino. Así, el Post-it se convirtió en un recordatorio de que la innovación no siempre consiste en inventar algo nuevo, sino en reinterpretar un error. A veces, la mejor idea no nace de una gran visión estratégica, sino de mirar distinto aquello que otros decidieron descartar.
Redacción: Gabriela Carmona Rivera
Tomilli



