Hace unos cuantos años atrás, hablar de la confianza del consumidor era hablar de recuperación. Después de haber estado marcada por incertidumbre, los mercados empezaron a estabilizarse, las empresas a prosperar y el consumo volvía a moverse desde la lógica emocional, claramente impulsado por la redes sociales, viendo que gastar dinero, era una forma de volver a la normalidad. A pesar de ello, esa narrativa hoy, cambia. Según un informe de marzo 2026 de Ipsos, la confianza del consumidor ya no responde a estímulos de recuperación, sino a un comportamiento más racional y sensible, o podría decirse que acordé a los cambios económicos en tiempo real.
Actualmente el consumidor no ha dejado de gastar, pero ha cambiado la forma en que lo hace. La confianza es relativa, se mide por picos, país y contexto. Esto obliga a las marcas a estudiar más cada mercado según donde se ubiquen, debido a que no compiten solo por deseo, sino por percepción de estabilidad, valor y relevancia en un entorno saturado y que cada decisión de compra ahora se cuestiona el doble que anteriormente.
Datos clave que marcan el 2026:
- El índice global de confianza se ubica en 49,4, mostrando un escenario aún inestable a nivel mundial
- Latinoamérica mantiene niveles medios, con países como Colombia (51,8), México (53,0) y Brasil (52,2) relativamente estables
- Sin embargo, la confianza no es uniforme: Colombia cayó -2,9 puntos en un mes, reflejando sensibilidad inmediata a cambios económicos
- En contraste, en términos anuales, varios países de la región muestran recuperación: Colombia (+5,1), Perú (+4,7) y Chile (+8,1)
- Mercados como Argentina siguen marcando caídas importantes (-7,8 anual), evidenciando cómo la confianza sigue siendo altamente volátil según el contexto local
- A nivel global, Asia lidera los niveles de confianza, mientras que Europa y algunos mercados occidentales muestran mayor desaceleración
Finalmente, no se visualiza una “recuperación total”; los mercados y la sociedad no vuelven a ser los mismos. Aun así, hay un nuevo tipo de consumidor; más informado, más selectivo, más consciente de sus condiciones económicas y, por ende, menos impulsivo. Para las marcas, es nuevamente reestructurar su forma de ver al cliente; ya no se trata de generar deseo, sino de construir confianza sostenida en microdecisiones diarias.
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